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Vallenato de Jorge Celedon acompañó liberación de dos secuestradas

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Clara Rojas y Consuelo González de Perdomo divisaban por las ventanillas del helicóptero la selva espesa en la que estuvieron confinadas por años, mientras sonaba intenso el vallenato Qué Bonita que es la Vida interpretado por Jorge Celedón.

El aparato se desplazaba rumbo a Caracas dejando atrás el infierno que vivieron como secuestradas y la música que acompañaba el viaje las ponía en el escenario más feliz.

Antes en otro instante de las liberaciones colectivas de dirigentes políticos y militares, en uno de los helicópteros que iba con destino a Villavicencio, los ocupantes cantaban a grito herido el coro de la canción del Grupo Niche: “Ya vamos llegando, me estoy acercando, no puedo evitar que los ojos se me aguen”.

Esa misma alegría colectiva se respiraba esa mañana del 10 de enero, cuando se produjo la liberación de Clara Rojas y Consuelo González y la letra de un vallenato era la banda sonora del regreso.

El eco de una canción

Fueron tres horas hasta Venezuela y una sensación de eternidad, las que marcaron el regreso y el reencuentro con los suyos hace 8 años.

Dos helicópteros rusos con emblemas del Comité Internacional de la Cruz Roja llegaron hasta la vereda La Paz, en la inspección de La Libertad en el municipio de El Retorno en el departamento del Guaviare y después de las tensiones iniciales, los saludos y el protocolo humanitario y político, procedieron a llevar las liberadas a territorio venezolano.

La libertad verdadera era la sensación que sentían las recién liberadas mientras el aparato dejaba atrás las selvas del Guaviare con destino al aeropuerto Santo Domingo del Táchira en Venezuela.

Clara Rojas le dijo a La Noche de la Libertad de RCN Radio que en tenía una gran expectativa de volver a encontrarse con su hijo Emmanuel y que por ese ese primer instante cuando sube al helicóptero y empieza ver la selva a lo lejos, “todo empezó a verlo de otra manera”.

“Fue un sentimiento maravilloso y recuerdo que justo en ese instante la tripulación nos puso la canción Qué Bonita que es la Vida de Jorge Celedón, que estaba de moda en ese momento”.

“Es como si lo viviera ayer, porque fue algo realmente emocionante”, dice la señora Rojas, mientras es posible que resuene el eco del coro de la canción que se convirtió en su himno y que en uno de sus apartes dice: “Ay, qué bonita es esta vida, aunque a veces duela tanto y a pesar de los pesares”.

Consuelo Perdomo prefería las canciones con temáticas relacionadas con la luna y los boleros, pero en la selva había conocido a través de la radio la canción de Celedón y disfrutaba también este vallenato cargado de vitalidad.

“Nos encantaba porque la aplicábamos a cada uno de nosotros y le poníamos el entusiasmo que tiene la letra de esa canción”, dijo doña Consuelo recordando el instante de su liberación.

Ella que venía de la selva que fue su cárcel por varios años, disfrutaba cantando esa parte de la canción que dice: “Me gusta escuchar la paz de las montañas, mirar los colores del atardecer”.

Hace ocho años las dos cantaron en libertad este vallenato que habla de vida y de sueños.

Nueva vida

Para Clara Rojas la música que sonaba intensa en el helicóptero el día que recobró la libertad, era el aviso que rápidamente dejaría atrás todo lo vivido.

“Encontrarme con mi familia primero y luego con mi hijo fue muy estimulante porque estaba tan pequeño y atenderlo me generó una gran emoción y un estímulo tan fuerte que me permitió salir adelante muy rápido”, reitera Clara Rojas al Programa La Noche de la Libertad.

Reconoce que hubo un antes y un después y que recobrar la libertad al inicio del 2008, supuso la oportunidad de volver a reencontrarse consigo mismo para cantar por ejemplo: “Siempre hay alguien que nos quiere, siempre hay alguien que nos cuida”.

Pero la canción no duró lo que el viaje desde las selvas del Guaviare a Caracas, sino que Clara Rojas reconoce que después fue parte del proceso de volver y la estuvo escuchando muchas veces.

“Durante los primeros días de libertad fue fantástico porque ponía esa canción que terminó por gustarle a mi hijo, hasta que un día me sorprendió cuando me dijo: “Mami, porque no bailamos”.

Se ríe recordando que en ese instante entendió que Emmanuel ya sentía la música en la sangre y que también la disfrutaba intensamente.

“Me encanta porque es una letra muy linda y el tono de la música es vivo y emocionante e invita a entusiasmarse por las cosas sencillas”, reitera.

Y habla de la música como telón de fondo para adoptar la mejor actitud frente a la vida, sobre todo si se ha sido víctima, y de cómo hay que disfrutar de las cosas sencillas y disfrutar lo que se tiene.

“Después de ocho años esto me ha funcionado”, insiste Clara Rojas.

Lo mismo piensa ocho años después Consuelo González, quien durante el cautiverio adoptó como propia la canción Los Aretes de la Luna, mientras imaginaba que sus hijos deberían estar mirando al mismo tiempo la luna y les mandaba decir cuánto los quería y extrañaba.

“Llevo ocho años liberada y he adoptado el mecanismo de asimilación y escucho esta canción y me acuerdo que me gustaba en cautiverio, pero ahora la disfruto en libertad”, dice doña Consuelo.

El recuerdo vivo de las dos liberadas y el coro que después de tanto tiempo sigue repicando insistente:” Que bonita es esta vida y aunque no sea para siempre”.

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